Viernes 03.07.2020
Actualizado hace 10min.

Argentina campeón en México 1986: a 34 años del último beso a la Copa del Mundo

El 29 de junio de 1986, la Albiceleste derrotó 3-2 a Alemania y tocó el cielo con las manos por segunda vez en su historia. La deuda sigue abierta.

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En alguna pared de la casa del recordado José Luis Brown en Ranchos colgaba, atrapada por un marco blanco, una camiseta de la Selección Argentina. No se veía el número 5 de la espalda, pero un agujero a la altura de la panza en la franja blanca del centro entregaba la prueba irrefutable de que es esa y no otra. La del 1-0. La que el Tata rompió para tener un lugar donde apoyar el dedo y sostener el peso de ese brazo derecho que quemaba desde el hombro dislocado hacia abajo. La que hoy, hace exactamente 34 años, sintió el roce de la Copa del Mundo en el Estadio Azteca de México.

Esa casaca ajada por los propios dientes del líbero es el símbolo perfecto de cómo vivió aquella final de 1986 el combinado albiceleste: nada, ningún obstáculo, iba a impedir que llegase el segundo título de la historia. Porque la corajeada contra Uruguay en octavos era de un equipo campeón. El gol de Diego contra los ingleses tenía que valer un título (o más). La exhibición futbolística frente a los belgas en la semifinales merecía ser coronada con el trofeo. Y Alemania, por más Alemania que fuera, no iba a impedir el final feliz de la historia. Si hasta Dios había metido la mano para ayudar la causa albiceleste.

En el Azteca, la mala salida de Harald Schumacher y el cabezazo de Brown, antes de la media hora de juego, empezaron a encaminar la historia. El contragolpe que Jorge Valdano empezó en su área y finalizó en la de enfrente, a los 11 del segundo tiempo, pareció haberla liquidado. Pero Karl-Heinz Rummenigge y Rudi Völler, con apenas siete minutos de diferencia, llegaron para reflotar todas las dudas que el conjunto de Carlos Salvador Bilardo había mostrado en las Eliminatorias y que se habían borrado por arte de zurda durante el periplo mexicano. Y entonces, apareció él.

Picó la pelota una vez. La tenía casi encima. Y ahí decidió hacer lo que sólo él vio. Rebotó de nuevo la redonda, pero antes de que pudiera empezar a ganar altura, el pie izquierdo de Maradona transformó una situación complicada en fantasía: de primera, tocó hacia adelante con la parte interna del empeine. Lothar Matthäus quedó parado sobre la línea media, esperando una gambeta que nunca llegaría. Karl Heinz Förster vio pasar la bola por al lado suyo y giró tranquilo sobre su eje, como si nada malo pudiera pasar. Cuando se dio cuenta,  ya era tarde: Jorge Burruchaga corría en soledad rumbo a la gloria. Rumbo a la historia.

Schumacher tardó en salir a achicar. Andreas Brehme no llegó a cortar. Y el 7 -¡no definía nunca!- punteó al gol en el último instante. Y la Copa del Mundo se encontró por primera vez con los labios del hombre que mejor tributo le rindió a la pelota a lo largo de la historia.

Demasiado tiempo pasó desde aquel 29 de junio de 1986. Las imágenes de aquella final ya están gastadas de tanto repetirlas. Pero ya dos veces se negaron a renovarse, a pesar de que sólo les pedían 90 minutos de su tiempo. Tal vez, la Copa no quiera otro amor argentino que no sea el de ese petiso enrulado que la supo querer más que ningún otro que la haya jamás besado. Aunque Lionel Messi ya le avisó que en 2022 piensa terminar el levante que un rubiecito alemán le arruinó en una noche de Maracaná hace casi seis años.