Sabado 21.04.2018
Actualizado hace 10min.

Sepámoslo, los millennials son los padres

Todos hablan de los millennials como jóvenes hiperconectados, abiertos y tolerantes, pero también menos comprometidos y patológicamente ansiosos. Cómo es y en qué piensa esta generación que en 2025 se convertirá en la principal fuerza laboral del mundo.   

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Mucho se habla de millennials como si fueran una secta de imberbes pero la chiquilinada creció y está en edad de merecer. El término devino lugar común y se usa indistintamente como sinónimo de nerd (aficionado a la tecnología), de hípster (aficionado a lo retro), de joven (aficionado a la juventud, más allá de la edad del documento). Pero no todos los millennials viven aferrados a su Play Station. A estas alturas, los nacidos a fin del siglo pasado en la tecnología analógica y criados en entornos digitales son un cuarto de la población mundial, un tercio de la población de Latinoamérica y serán tres cuartas partes de la fuerza laboral hacia el 2025. Así que joven argentino, si tenés más 20 años y podés salir sin billetera pero nunca sin celular, seguramente sos millennial y no estabas enterado.

Considerando las características de esta generación, todos somos un poco millennial: personas digitales y multipantallas; “nomófobas y appdictas”, por la obsesión con el celular y sus aplicaciones; aficionados a las redes sociales; muy exigentes y demandantes de atención personalizada. Así los define el especialista en comunicación Antoni Gutiérrez-Rubí, autor del estudio Millennials en Latinoamérica, una perspectiva desde Ecuador, que encuentra que a pesar de las diferencias particulares, todos comparten la necesidad de estar siempre conectados. Para el consultor “los millennials no contemplan ni imaginan una vida sin Internet, teléfono móvil y redes sociales. No importa el nivel de penetración de Internet en sus países, la conexión será igualmente su principal preocupación y objeto de deseo”.

De hecho, la popularización del móvil permitió sortear la brecha latinoamericana entre conectividad y pobreza. Ya en 2011 el Latinobarómetro había puesto la atención en que del 78% de los latinomericanos que tenía celular, nueve de cada diez venía de hogares con padres con educación básica y dos de cada diez tomaban solo una comida diaria, de donde concluían que muchos “latinoamericanos prefieren estar conectados al mundo y comer una comida al día que invertir todo lo que tienen en solo comer”. En 2017 hay el doble de personas con móvil que en 2005.

Este vínculo con el dispositivo no es menor a la hora de definir las creencias y actitudes de la generación que creció con celular. La psicóloga Jean Twenge de la Universidad de San Diego detectó cambios sustanciales hacia 2012, que no se explicaban tanto por las consecuencias de la depresión económica de los años previos como por el hecho de que más de la mitad de los estadounidenses a esa altura ya tenía un teléfono inteligente.

Conectados pero desvinculados
Hannah goza del desprejuicio sexual pero no puede lidiar con los prejuicios de la red social. Gus es un buen chico pero se enamoró de una mujer adicta al móvil y a hombres horribles. Dev quiere una relación formal pero las citas seriadas del Tinder no contribuyen a profundizar los vínculos. Los millennials de Love, Girls y Master of None, respectivamente, nos gritan una insatisfacción que crece con la conexión sin contacto que auguraba Zygmunt Bauman en Amor líquido. Los protagonistas de estas series son a la vez sus creadores y, por tanto, Lena Dunham, Paul Rust y Aziz Ansari (Hannah, Gus y Dev, respectivamente) son biográficos voceros de la decepción de una generación que creció viendo a adultos desencantados e indignados. Vienen a plantearnos que las pantallas, lejos de ser una alienación de la realidad, enfrentan a las personas a un espejo que refleja a la vez la vida perfecta de Instagram y las miserias de la existencia.

Para la psicóloga Twenge hay evidencias que marcan el cierre de la generación millenial para abrir la IGen, más conectada incluso que la de sus predecesores generacionales. Sostiene que entre 2000 y 2015 los adolescentes se juntan un cuarenta por ciento menos que antes y que las pistas de skate, la cancha de básquet o la plaza están siendo reemplazadas por espacios virtuales. Los adolescentes de 2015 salen menos que los preadolescentes de 2009, dice Twenge. Y permanecen más en los hogares paternos o vuelven a ellos, por razones económicas o después del divorcio. El deseo de independencia ya no es sinómino de juventud.

Los adultos hoy critican a sus hijos porque no sacan los ojos de las pantallas tanto como sus padres los criticaban por estar escuchando la música a todo volumen. Sin embargo, un estudio encargado por Motorola a la Dra. Nancy Etcoff de la Universidad de Harvard, que consideró usuarios de Brasil, Estados Unidos, India y Francia muestra que no hay mucha diferencia entre la generación millenial (21 a 37 años) y la que la precedió (38 a 53 años) en cuanto al tiempo dedicado a la familia y a la pareja. Antes bien, los millenials pasan más tiempo con los amigos (2.4 horas al día) que los adultos (1,8 horas) y mucho más que los mayores de 54 (1,5 horas). Lo que posiblemente se deba a que los más jóvenes usan el teléfono para cuestiones personales, a las que dedican más de tres horas al día, el doble que los que pasan los cuarenta.

En su libro Generation me, Twenge concluye que se trata de una generación más tolerante, más segura, más abierta y ambiciosa, pero también menos comprometida, menos confiada y ansiosa hasta lo patológico. Varios estudios señalan que la búsqueda de aprobación social, que impacta positivamente en las tasas de divorcio y de desempleo, puede afectar de manera negativa la autoestima. Sin embargo, ninguna generación puede ser explicada fuera de sus contextos y la frustración no parece ser una regla global. Desde su experiencia en la comunicación política en Europa y en América, Antoni Gutiérrez-Rubí sostiene que “los millennials latinoamericanos son más optimistas que sus pares europeos y norteamericanos. Según la última encuesta global de Telefónica, 7 de cada 10 jóvenes latinoamericanos manifestó que creía que los mejores días para sus países todavía estaban por llegar”.

El teléfono, mi mejor amigo
Hace diez años que tenemos teléfonos inteligentes, casi tanto como contamos con Whatsapp. Si a los adultos nos cuesta recordar cómo era la vida antes de la mensajería multimedia, cuánto más para criaturas que empezaron a escribir en el móvil antes que en un cuaderno.

Estas habilidades motoras de los más chicos frente a adultos que todavía no se acostumbran a escribir con el pulgar llevó a alimentar el mito del nativo digital que resume el asombro de la abuela que considera un genio precoz al nietito que aprendió a ver video en el celular antes que a caminar.

Para el doctor en comunicación Francisco Albarello, investigador de las universidades Austral y San Martín, esas habilidades están un tanto sobreestimadas y que solo se trata de un “manejo desprejuiciado de las tecnologías digitales porque forman parte de su entorno: por eso los jóvenes se mueven con naturalidad entre las pantallas y los dispositivos y aprenden en forma autodidacta o se enseñan entre ellos”.

Quizás lo más subversivo de la tecnología móvil no sea tanto su potencial democratizador como el hecho de que invirtió la lógica del aprendiz: hoy los mayores se sienten analfabetos, dependientes de las indicaciones de criaturas que manejan un joystick desde antes de saber leer. Y mientras antes los padres conocían a los amigos de sus hijos, hoy es normal que entren al cuarto y vean en algunas de las pantallas encendidas personajes ignotos, con quienes incluso pueden estar hablando en idiomas que no entienden. Ni qué hablar de las horas que dedican a los videojuegos, costumbre que sostienen aun después de casados.

Sin embargo, el aspecto lúdico es apenas la parte frívola de las nuevas dimensiones de socialización que abren esas prácticas, cuyo estudio es casi desconocido en nuestro ámbito. Federico Álvarez es un cordobés que se fue a Alemania para desarrollar su doctorado en “Tiempo y espacio en los video games” y una carrera como Game Scholar en la Universidad de Colonia y en la Universidad de Ciencias Aplicadas. Este millennial recalca que los estudios van desestimando el prejuicio que relacionaba los videojuegos con comportamientos violentos o sexistas, o la obesidad y el aislamiento social, y que son más los efectos positivos: “Hay evidencia de que los videojuegos (sobre todo los de acción) pueden mejorar ciertas capacidades cognitivas, como la atención y el uso de recursos mentales, como tomar decisiones operativas más rápidamente. También mejora la capacidad de realizar más de una tarea en simultáneo, la coordinación ojo-mano, la habilidad de seguir objetos en movimiento, o la reducción de la impulsividad con un aumento del autocontrol”.

Hace 25 años que el teléfono empezó a mandar mensajes escritos y apenas una década que se convirtió en una computadora de bolsillo al alcance de todas las clases sociales. Pero no alcanza con manejar esos aparatos. El profesor Albarello pone el foco en que la familiaridad con que los más jóvenes manejan los dispositivos “no quiere decir que conozcan todas las posibilidades de los programas ni las diversas problemáticas que presentan estas tecnologías, como por ejemplo, los condicionantes que presentan los algoritmos en el modo de buscar información en Internet. Estas son cuestiones que deben pasar por una fase de enseñanza, que el sistema educativo, en sus distintos niveles, debería asumir.”

Todo apunta a que hay un campo inexplorado del arte, la filosofía, la inteligencia artificial, las ciencias sociales para entender estas nuevas formas de vida, que obliga a los mayores a adquirir competencias y conocimientos impensados.

Estas generaciones traen más que competencias digitales. El experto catalán Antoni Gutiérrez-Rubí destaca su enorme capacidad de aprendizaje y superación: “Saben aprender. Se interesan, además, por conocer otras culturas y vivir experiencias fuera de sus países. Tienen una capacidad de movilidad (real y virtual) muy superior a la de las generaciones precedentes y son mucho más valientes”. La investigadora Twenge detectó, por ejemplo, que a diferencia de los nacidos en los años sesenta, el trabajo dejó de ser la meta principal de la vida. Eso nos explica por qué cada vez es más corriente que un joven se vaya a dar una vuelta por el mundo antes de empezar la universidad, o que renuncie a un puesto promisorio para dedicarse a las nuevas bohemias del surf, los cócteles o el veganismo. También se les atribuye una mayor apertura en la relación entre los sexos, de las que no se pueden separar los movimientos mundiales por legalización de nuevas configuraciones familiares y nuevas demandas de igualdad ya no de sexo, sino de géneros. Que traen a su vez nuevas discusiones.

El estudio de Harvard y Motorola encontró que un tercio de los entrevistados prefiere su teléfono a los conocidos. Pero eso solo puede ser alarmante para el que no entienda que el teléfono se ha convertido en el canal principal de relacionamiento. Y quizás sea eso lo que genera tanto miedo y descalificación de la tecnología para los mayores, que crecieron con el mandato de no hablar con extraños. A los millenials, en cambio, les encanta pasar tiempo con desconocidos y han hecho realidad el sueño de Roberto Carlos de tener un millón de amigos.

El Rubius, el youtuber más famoso, multiplicó por veinte ese deseo y lo festejó con más de un millón de interacciones en Twitter en dos días. Más que Obama cuando celebró su reelección presidencial. No contento con ello, el millenial más popular armó una partida de cien jugadores (el máximo que admite el juego Fortnite) y logró que más de diez millones de espectadores siguieran el juego en línea, poco menos que la audiencia que consigue una final de la Eurocopa.

Estamos frente a un nuevo tipo de liderazgo mundial que cambia también la forma en que se entendía las relaciones y la función de los medios.

 

 

(Fuente: Vía País)